Francia – Costa Oeste

Place de la Bourse

 

 BURDEOS

Algunos de  los vinos más prestigiosos del mundo ( Yquem, Pétrus, Cheval Blanc, Pauillac, Haut Brion, Pomerol, Mouton-Rorhschild) tienen por cuna Burdeos. Este  sector vinícola  (muy preservado) es uno de los mayores de Francia (150 hectáreas). Lo esencial de su patrimonio remonta al clasicismo del siglo XVIII : el Gran Teatro, el Paseo  de Tourny , el puente  de Pierre , sin olvidar la catedral Saint- André y la torre Pey-Berland  (de los siglos XIV, XV y XVI), la basílica Saint-Michel  (de estilo gótico) , el palacio Rohan o la calle Sainte-Catherine , la calle para peatones, con muchas tiendas. La especialidad culinaria local es el canelé , un pastel con  ron y vainilla.

Desde el siglo III, Burdeos, conocida como “La pequeña Roma”, fue una ciudad galo-romana próspera.
La Edad Media fue la época de la expansión económica de la ciudad gracias al comercio del vino. Burdeos se encuentra en la ruta del Camino de Santiago, y algunos de sus monumentos se encuentran actualmente inscritos en el Patrimonio Mundial de la UNESCO.
En el siglo XVI, Burdeos conoció una gran actividad literaria: Montaigne, filósofo, publicó sus “Ensayos” en 1580, fue alcalde de la ciudad de 1581 a 1585.
En el siglo XVIII, urbanistas y arquitectos de ingenio, transformaron su ciudad bajo el impulso de los intendentes reales.
El Barón de Montesquieu, gran señor viñador, filósofo en sus ratos libres, redactó “El espíritu de las leyes”.
En el siglo XX, la ciudad continuó con su extensión urbana, Burdeos fue la mayor metrópolis del Sudoeste de Francia situada en el corazón del mayor viñedo de vinos finos del mundo.
Nacido en Burdeos, François Mauriac vivió el resto de su vida profundamente vinculado a sus raíces bordolesas, que de este modo aparecían en la mayoría de sus novelas. Los años de la posguerra fueron para él los de su gloria literaria.

Actualmente, la ordenación de los muelles se encuentra en el centro del gran proyecto urbano impulsado por el alcalde, el eje en torno al cual gira el corazón de la ciudad.
Fachada de los muelles + fotografías. Este lugar único, uno de los más hermosos en torno a las más hermosas plazas de Europa, acoge las escaleras de embarcaciones de cruceros que surcan el mundo.

Ciudad de arte, de cultura y de historia, Burdeos conserva un excepcional patrimonio arquitectónico del siglo XVIII, propone 10 museos municipales, emblema de nuestro patrimonio, entre ellos el museo de Aquitana, el museo de Bellas Artes, el Museo de las Artes Decorativas, y el Capc museo de Arte Contemporáneo, el museo nacional y varios museos privados, dos de ellos consagrados al vino, y cuenta con un entorno de calidad muy cerca (playas atlánticas de arena, bosques de pinos, algunos lagos, numerosas ciudades tradicionales…).

Desde el 28 de junio, Burdeos está declarado patrimonio mundial de la UNESCO. Esta declaración supone el reconocimiento del valor y de la unidad patrimonial de la ciudad, que se ha modernizado en el transcurso de los siglos sin romper su armonía y su riqueza arquitectural. Burdeos es el primer conjunto urbano distinguido en un espacio tan amplio y complejo que se extiende a lo largo de 1.810 ha, es decir, la mitad de la ciudad y de los bulevares a las orillas del Garona.

Una riqueza única en una ciudad en movimiento.Con más de 347 monumentos históricos, un sector protegido de 150 hectáreas y 3 iglesias (San Andrés, San Miguel y San Severino), ya declaradas Patrimonio Mundial en el marco del camino de Santiago, Burdeos lo tenía todo para seducir al jurado.

La capital de la Gironda, joya arquitectural del S. XVIII, debe, no obstante, su esplendor a arquitectos de todas las épocas: Jacques Gabriel (Avenidas de Tourny), Victor Louis (Gran Teatro), Jacques d’Welles (estadio municipal) o incluso Richard Rogers, que diseñó el centro Beaubourg en París y el Tribunal de Primera Instancia de Burdeos.

Además de su riqueza arquitectural, Burdeos ha sido elegida por el atractivo de sus barrios, animados y cosmopolitas: de las angostas calles del barrio de San Miguel a los inmuebles de los años 60 y 70 de Mériadeck, son los símbolos de una ciudad que ha sabido evolucionar con el tiempo sin perder su carácter y su identidad.

También lo son la finalización de las grandes obras de rehabilitación iniciadas en 1996 bajo el impulso del alcalde Alain Juppé, concretizadas en el acondicionamiento de los muelles, la restauración de las fachadas y la puesta en servicio del tranvía.

Los barrios del viejo Burdeos, Saint Pierre, Saint Michel, Sainte Croix, Sainte Eulalie, Saint Eloi se desgranan, cada uno rico de sus particularidades patrimoniales y de su historia, en uno de los más amplios conjuntos arquitectónicos de los siglos XVIII y XIX.

Estas antiguas afueras religiosas, el barrio de Saint Pierre y su pintoresca plaza del parlamento, que ostenta una hermosa fuente del siglo XV; el barrio Saint Michel dominado por su flecha gótica; el barrio de Sainte Eulalie, rico en conventos, principalmente el de los Annonciades; el barrio de Saint Eloi y su Gran Campana, antigua torre vigía del ayuntamiento, vestigio del recinto del siglo XIII y figura emblemática de la ciudad; el barrio de Sainte Croix y su abadía romana; recuerdos de la prosperidad de la ciudad den la Edad media.

La Oficina de Turismo le propone una visita del Viejo Burdeos todos los días a las 10 horas, y visitas de los principales monumentos de sus barrios.

Suntuosas pantallas de piedra rubia decorada con mascarones y adornos. La fachada de los muelles se extiende a lo largo de más de un kilómetro de largo a orillas de la Garona. La reciente ordenación de los muelles hace de ellos una escala de placer y de distensión para los bordeleses, principalmente los domingos.

Al igual que el Palacio Rohan, construido un poco más tarde, marca la modernización de la ciudad en el siglo XVIII que continuaría en el barrio de los Grand Hommes, barrio de las tiendas de insignias prestigiosas, cerca del Gran Teatro de Victor Luis y de las magníficas Avenidas de Tourny. Se extiende hasta el Jardín Público, remanso de verdor en el corazón de la ciudad.

Las viñas , cercanas al océano, al bosque y a la montaña, se elevan orgullosas a orillas del Garona.

El puerto de la luna , que une el corazón de la ciudad con su media luna característica (en la que se inspira el escudo de Burdeos), ha visto su actividad y sus instalaciones desplazarse hacia el estuario, el más ancho de Europa, para acoger mejor a los grandes cargadores. Atrae actualmente y ahora más que nunca, grandes cruceros y barcos deportivos.

A menos de una hora , el Océano Atlántico y sus infinitas playas de arena blanca bordean el litoral (dominado por la Duna de Pyla) y se pierden seguidamente ante la inmensidad del bosque de Landas, el más amplio macizo forestal de Europa. Un remanso de paz propicio para sus paseos y caminatas.

El bosque deja paso al viñedo y a sus 4.000 castillos, la viña se hace ahora omnipresente. Rodeada por el Médoc, las costas de Bourg y la Playa al Norte, por Saint-Emilion, Pomerol y Entre-deux-Mers al Este, y finalmente por Graves y Sauternais al Sur. Burdeos nos muestra sus viñas hasta el territorio de su aglomeración, donde aún quedan algunos castillos vitícolas prestigiosos.

El tiempo  pasa… y si se lo pide el cuerpo, dése un paseo por el Périgord, cuna de la Prehistoria (como así lo atestiguan las rutas de Lascaux) y de inmensas ciudades y castillos medievales. Déjese tentar por la degustación del Coñac en carente, o del Armagnac en el País de d’Artagnan. Siguiendo por este camino, llegará naturalmente a las puertas de España, donde dudará entre particular encanto del País Vasco y el del Béarn, feudo de Enrique IV y de los espacios preservados de los Pirineos.

HISTORIA

Burdeos, puerto de la Luna», ha sido declarado sitio Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2007. Según la UNESCO,

El puerto de la Luna, ciudad portuaria de Burdeos en el suroeste de Francia, está inscrito como una ciudad histórica habitada, un conjunto urbano y arquitectónico sobresaliente, creado en la época de la Ilustración, cuyos valores se mantuvieron hasta la primera mitad del siglo XX, con más edificios protegidos que ninguna otra ciudad francesa excepto París. Se le reconoce igualmente por su papel histórico como lugar de intercambio de valores culturales durante más de 2.000 años, particularmente desde el siglo XII debido a sus enlaces comerciales con Gran Bretaña y los Países Bajos. Los planes urbanos y conjuntos arquitectónicos de principios del siglo XVIII en adelante colocan a la ciudad como un ejemplo destacado de tendencias clásicas y neoclásicas innovadoras y le dan una excepcional unidad y coherencia urbana y arquitectónica. Su forma urbana representa el triunfo de los filósofos que deseaban hacer ciudades que fueran crisoles de humanismo, universalidad y cultura.[1]

Entre sus monumentos destacan el anfiteatro romano (siglo III), las iglesias románicas de San Severino y de la Santa Cruz, la catedral de San Andrés (siglos XII-XVI) y la iglesia del mismo estilo de San Miguel. El actual ayuntamiento (antiguo palacio arzobispal) y el teatro Victor-Louis son edificios neoclásicos del siglo XVIII. Museos de Bellas Artes, de Aquitania y Centro de Artes Plásticas Contemporáneas.

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Tradicionalmente ha sido uno de los puertos claves de la historia y la economía francesa. Pero los modernos barcos de navegación ya no pueden operar en el río Garona, por lo que la actividad se ha desplazado hacia el océano, más al noroeste.

La producción del sector primario, en especial los vinos, y una industria variada(química, aeronáutica, etc.) se unen a la potencialidad de Burdeos como centro de transportes y servicios para otorgar a la capital histórica de Aquitania una notable vida.

La plaza de la Bolsa marca la calidad urbanística de Burdeos. Foto guiarteLa ciudad está edificada con racionalidad y escasa altura, lo que implica una gran extensión. Sus centros comerciales y turísticos están delimitados entre la explanada del monumento a los Girondinos, por el norte, cours Víctor Hugo por el sur, con el entorno de la catedral por el oeste y el río por el este.

La zona de más ambiente de comercios y restaurantes se halla entre la plaza de la Comedia, frente al Gran Teatro, y cours Clemenceau, en tanto que la zona con mayor sabor artístico se halla ligeramente al sur, por la plaza de la Bolsa y la del Parlamento hacia el entorno catedralicio.

SU HISTORIA

Burdeos, Burdigala en tiempos romanos, ya tenía importancia política y económica hace dos mil años. Las invasiones germánicas del siglo III hicieron que la ciudad se rodease de murallas.

Durante la Edad Media prosiguió la expansión, de modo que en el siglo XIII hubo que hacer una segunda cerca de murallas, para defender toda la urbe.

Desde 1154 estuvo unida al dominio inglés, siendo un puesto clave para las fuerzas de guerra inglesas que combatían en el país galo. Sólo en 1453 el ejército francés recuperó el dominio sobre la ciudad

La catedral gótica trae recuerdos de un denso pasado. Foto guiarteEn el siglo XVIII conoció un periodo de gran prosperidad; la ciudad se abrió hacia los suburbios y el río, se trazaron hermosas avenidas y a la par se construyeron notables edificios que aún hoy sorprenden al viajero. La labor de racionalización de la estructura urbana prosiguió en el siglo XIX.

En los últimos siglos Burdeos ha tenido importancia histórica por los Girondinos, diputados del territorio que tuvieron notable peso político durante la Revolución Francesa.

Otro célebre personaje vinculado a la ciudad es el pintor Goya, que se estableció aquí después de huir de Madrid, a causa de la intransigencia y represión llevada a cabo por los absolutistas (facción reaccionaria que dirigió la política española en parte del siglo XIX). Goya murió en Burdeos en 1828.

La ciudad tiene una activa vida económica actualmente, basada en sus actividades agrarias, industriales y de transporte y comercio.

QUE VER

Fue en aquella época cuando de reorganizó la ciudad, se abrieron amplias avenidas y plazas y se edificaron notables construcciones.

Tal vez las plazas de La Bolsa, el Parlamento y la Comedia sean tres puntos claves para percatarse de la afirmación anterior. Edificios, fuentes y avenidas nos hablan de un período fértil para la ciudad.

Pero la urbe tiene más cosas que ofrecer al viajero.

CATEDRAL DE S. ANDRES

Las partes más antiguas de la misma pertenecen al siglo XI, pero la mayor parte del trabajo es posterior, de un gótico clásico. El Juicio Final, en la Puerta Real, es interesante.

En este templo se celebraron las nupcias entre Leonor de Aquitania y Luis VIII. La pareja no funcionó bien y hubo divorcio, tras 15 años de enfrentamientos. Pocos meses más tarde Leonor se casó con Enrique Plantagenêt, duque de Normandía, conde de Anjou y señor de Touraine y Maine. Esto fue un fracaso para el poder real francés, pues el recién casado heredó poco después la corona inglesa, y se originó un durísimo periodo de enfrentamientos.

En la parte posterior del templo, de traza renacentista, se ubica el grandioso órgano catedralicio. Entre junio y octubre se suelen celebrar allí notables conciertos de órgano.

Quartier des Chartrons. Barrio de marinos y comerciales, donde en el XVIII se ubicó la alta burguesía local. Conserva algunas mansiones de cierto valor. Cerca está el jardín Public, creado en el XVIII y rediseñado a la inglesa en el XIX.

 Saint Malo

Saint Malo

El puerto de Saint Malo, en la costa norte de Bretaña, es conocido por su pasado pirata, su ciudad amurallada y sus playas. En los siglos XVII y XVIII fue uno de los puertos más importantes de Francia, tanto para la marina mercante como para los corsarios. En esa época, se construyó un sistema de murallas y fortificaciones para defenderse de los intrusos ingleses, pero estos fuertes demostraron ser más débiles que los invasores. El puerto, destruido por los alemanes en la II Guerra Mundial, se reconstruyó tras la guerra, y hoy es uno de los destinos turísticos más populares de la región.

Dentro del casco antiguo, se alza la catedral Saint Vincent. Comenzada en el siglo XI, la catedral recoge una excelente colección de vidrieras medievales y modernas. En julio y agosto, también alberga conciertos de música clásica. Las escenas de turistas con el vídeo al hombro son ya típicas de estas murallas que, por otro lado, proporcionan unas magníficas vistas de Saint Malo.

Al sur, a los pies del casco antiguo, yace el fuerte de la Cité, del siglo XVIII, que fue fortaleza alemana durante la II Guerra Mundial. Flanqueando las murallas, se sitúan los fortines de acero agujereados por los proyectiles de los Aliados.

Otros atractivos de Saint Malo son las plácidas playas al sur del casco antiguo y la costa que continúa hacia el noreste. Esta zona presenta una de las más altas variaciones de mareas del mundo, así que, para llegar al agua cuando está baja, uno tiene que darse un buen paseo. Saint Malo es el lugar perfecto desde donde poder explorar la Côte d’Émeraude ; como excursión de un día, se puede realizar una visita a la famosa abadía situada en el Mont Saint Michel.

locuraviajes.com/blog/saint-malo-tesoro-en-la-costa-esmeralda/

Para acceder a la antigua ciudadela de Saint Malo hay que pasar por una de las siete puertas que atraviesan su muralla. Esta antigua muralla, construida con granito y de 7 metros de espesor y dos kilómetros de largo, puede ser recorrida mientras se disfruta del paisaje en el que, con la subida de la marea, el espectáculo de fuerza y belleza del mar logrará que pierdas la noción del tiempo. Eso sí, para acceder a la ciudad a pie hay que esperar a que la marea baje y, entonces, al sur del casco antiguo, veremos asomar maravillosas playas doradas, que están bañadas por el mar de color esmeralda que da nombre a la Costa que bordea esta fortificación: la llamada Costa Esmeralda.

También, con esta retirada momentánea del mar, podremos visitar la isla de Grand-Bé, donde imaginaremos escribiendo, acompañado sólo del arrullo del mar, al escritor Francois-René de Chateaubriand, nacido en Saint Malo y enterrado aquí mismo por expreso deseo en 1848.

Ya dentro de la ciudad, nos hallaremos ante un sinfín de calles estrechas donde la cultura celta se respira en cada rincón y podrás seguir las huellas dejadas por marineros y corsarios. Entre las paradas obligadas encontramos la visita al Gran Acuario, en el que viajaremos en submarino y contemplaremos asombrados restos de barcos hundidos, o la Catedral de Saint Vincent, donde podremos observar la maravillosa colección de vidrieras, tanto medievales como modernas. Si nos decidimos a ir en Julio o Agosto, no debemos dejar de disfrutar, rodeado de tal artística belleza, de los conciertos de música clásica previstos, cada año, para estos meses.

 

Saint Michel

Sorprendidos, desde su mirador, asistimos maravillados a la subida de la marea. Absortos, vemos como en pocos minutos el mar se adentra en la tierra, inundándola; como el agua se desliza cubriendo unas “playas” embarradas y cómo centímetro a centímetro la fuerza poderosa del mar se acerca hasta los mismos pies del monte sobre el que se levanta majestuosa la Abadía de San Miguel. Nuestra mirada se pierde en aquel mar atlántico, que en breves minutos ha convertido un inmenso llano de color marrón, en un azul intenso y profundo, y así, nuestra mente recuerda ese momento en que pusimos el pie por primera vez en Normandía.

Monte Saint Michel

 

Mont Saint Michel: una leyenda hecha realidad 

Cuentan que el Demonio, que había adquirido cuerpo de dragón marino, aterrorizaba a las pobres gentes del lugar allá por el siglo VIII. Desde el cielo, y compadeciéndose de los pobres mortales, el arcángel San Miguel, líder de los ejércitos celestiales, fue enviado junto a sus tropas para acabar con tan terrible amenaza.

Así pues, se dirigió San Miguel hasta el monte Tombe y allí comenzó la cruenta batalla que llegó a ser terriblemente feroz. Finalmente, San Miguel y sus tropas se alzaron con la victoria al cortar aquel la cabeza del maléfico dragón con su espada divina.

Cuentan que el Obispo de Avranches, San Auberto, presenció la violenta contienda y que, en noches sucesivas, recibió en sueños mensajes enviados por el propio arcángel. En ellos le pedía que construyera un monumento en conmemoración de la victoria del bien sobre las fuerzas oscuras, en el mismo lugar en el que aquella había tenido lugar.

Y así se hizo: en año 709, San Auberto fundó la abadía de Saint-Michel

 

Sorprendidos, desde su mirador, asistimos maravillados a la subida de la marea. Absortos, vemos como en pocos minutos el mar se adentra en la tierra, inundándola; como el agua se desliza cubriendo unas “playas” embarradas y cómo centímetro a centímetro la fuerza poderosa del mar se acerca hasta los mismos pies del monte sobre el que se levanta majestuosa la Abadía de San Miguel. Nuestra mirada se pierde en aquel mar atlántico, que en breves minutos ha convertido un inmenso llano de color marrón, en un azul intenso y profundo, y así, nuestra mente recuerda ese momento en que pusimos el pie por primera vez en Normandía.

Normandía… su nombre evoca muchos recuerdos y colores; por un lado, mar y azules; por otro lado, bosques y verdes; pero también ciudades medievales, y cómo no, aquel día de triste recuerdo que tenemos presente en nuestra mente por tantas películas que hablaron sobre el desembarco durante la Segunda Guerra Mundial en las playas de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword. Y tras viajar en nuestras retinas, por sus costas, por Honfleur o por Caen, recordamos ese mágico momento en que con nuestro coche enfilamos la Gran Vía, la única carretera que conecta al Mont Saint Michel con el continente.

Allí al volante del coche, vemos aparecer, como si se tratara de un espejismo, entre la neblina la silueta fantasmal de la gran roca, coronada por la abadía benedictina de San Miguel. Y poco a poco, esa imagen casi fantasmal, se va perfilando para deleitarnos con su belleza y con su imponente elegancia. Rodeados de riadas de peregrinos que acuden al monasterio, finalmente llegamos a las puertas de la ciudadela. Y entonces, la primera fascinación, se transforma en admiración.

Su Historia y Leyenda:

… y desde aquel mirador, viajamos en el tiempo, a aquéllos siglos en que allí no había más que una gran masa rocosa que se alzaba entre los límites de Normandía y Bretaña. El Monte Tumba, así se le llamaba allá por el siglo IV, cuando el bosque de Scissy ocupaba toda la zona. Aquél lugar ya era por aquél entonces un lugar de peregrinación y de ermitaños. Cuenta la leyenda que San Auberto, que era obispo de Avranches, una ciudad cercana al Mont Saint Michel, recibió una noche la visita del Arcángel San Miguel, quien tocándole en la frente, le introdujo la idea de la construcción de una Abadía en aquel monte, dedicado a su nombre. Corría el año 708. Piedra a piedra, se levantó aquel inmenso Santuario sobre la roca, y en poco tiempo a su alrededor se fueron estableciendo los peregrinos, conformando la actual ciudadela que la rodea. Sin embargo, apenas un año después, en el 709, un gran cataclismo hizo que el mar se adentrara en tierra e inundara toda la zona, dejando aislado el Mont Saint Michel. Desde entonces, el monte se ha convertido en una auténtica fortaleza, pues ese fenómeno de las mareas se repite dos veces diariamente, dejando a la ciudadela y su Abadía unida a tierra solamente por su carretera. Dicen que es tal la velocidad a la que suben las mareas, que el agua atraparía con facilidad a un caballo al galope… por eso, con cada subida del mar, las campanas del Monte, avisan con suficiente antelación, pues se ha convertido en casi una tradición o una curiosidad turística, el observar esa subida del mar a ras de orilla.

Muchas leyendas han corrido desde su construcción en el 708; desde aquel día en que supuestamente el mar atrapó en su huida a una mujer embarazada, y ésta reapareció andando por la orilla y con su niño en los brazos, cuando el mar volvió a apartarse; hasta los que creen tener visiones de enfrentamientos mitológicos sobre el propio monte entre las fuerzas del mal y el Arcángel San Miguel.

La Ciudadela

Sobre una isla de 900 metros de circunferencia y 80 de alto, lo primero con lo que nos encontramos es con el pequeño pueblo que rodea a la Abadía. No hay nada más agradable que callejear por la muralla, y no sólo ir admirando el paisaje que desde ella se tiene, sino también disfrutar con las numerosas tiendas de souvenirs que hay en el pueblo. Y es que este pequeño pueblito vive de eso; del turismo; de los peregrinos. Son varias las callejas empinadas las que suben hacia el Monasterio; y en todas podremos comprar los típicos recuerdos, y sobre todo la clásica figura de san Miguel. Por lo demás, poco hay que ver en el pueblo, salvo quizás la Iglesia de St. Pierre, un pequeño edificio de los siglos XV-XVI.

La Abadía: El conjunto monástico comprende la iglesia abacial (la que en cualquier foto se puede ver en lo más alto del Monte), la abadía románica, al oeste, y la Mervell al norte, donde se encuentra el famoso claustro, construidos por los monjes benedictinos en el siglo XIII. A ella se accede desde varios senderos, a cual más lleno de gente que suben bien por admirarla, bien por orar entre sus muros; senderos que serpenteantes y empinados llegan hasta las mismas escaleras de acceso, las que nos abrirán paso hacia su nave de estilo románico…

… y tras descender nuevamente hasta los mismos pies del monte, donde la marea inunda sus tierras, nos volvemos para echarle una nueva mirada, y grabar en nuestras retinas su imagen mágica…

“Peregrino, siembra tu sueño

a mis pies, en mi orilla

allí donde el mar se hace dueño

aquí donde mi luna brilla…”

Isla de Ouessant

Esta salvaje y bella isla ejemplifica los escarpados perfiles de la costa bretona. El dicho local Qui voit Ouessant voit son sang (Al ver Ouessant, uno ve su propia sangre) expresa de forma dramática su salvaje naturaleza y el temor que crean las poderosas corrientes y las traicioneras rocas de la zona. La isla, de 8 km de longitud, es la guardiana de la entrada al Canal, y sirve también como punto de referencia visual para más de 50.000 barcos al año.

Aunque sus habitantes ya no están aislados del resto del mundo, todavía mantienen tradiciones centenarias: las casas se pintan de azul y blanco por la Virgen María o de verde y blanco, como símbolo de la esperanza, y se amueblan con madera encontrada en la playa; ancianas de gesto arrugado tejen cruces de encaje para representar a sus maridos perdidos en el mar; pequeñas ovejas negras vagan libremente por los campos; y el ragoût de mouton (cordero asado bajo una capa de raíces y hierbas) sigue siendo el plato típico. Ouessant también cuenta con un importante faro, buenos museos de historia local y paseos y paisajes sobrecogedores.

La isla se encuentra a 20 km de tierra firme; se puede acceder a ella desde los puertos de Brest o Le Conquet, al noroeste de la costa bretona.

 

LA ROCHELLE

La Rochelle 

La Rochelle

La ruta a lo largo de gran parte de la costa oeste de Francia y atraviesa la región de Poitou-Charentes hasta adentrarse en la Bretaña. Puedes llegar hasta aquí en coche o, mejor aún, subirte en el trenhotel que une cada noche Madrid o Barcelona con París y Potiers. Desde esta localidad sólo tienes que coger otro tren para llegar a La Rochelle. En esta zona hallarás  antiguos pueblos de pescadores cuyos habitantes mantienen intactas las costumbres de siempre. La primera de ellas, mirar de frente la bravura del océano.

VIAJA A LA EDAD MEDIA

La Rochelle está situada en el fondo de una bahía, aún protegida por poderosos bastiones. Esta región conserva un importante legado histórico y grandes monumentos. Por el Cour de Dames –la avenida principal– ya no se pasea la burguesía para mirar de soslayo el ir y venir de las barcas repletas de bacalao.

Amarradas en alguna de las dársenas del puerto viejo, las embarcaciones deportivas denotan los nuevos aires que gasta la ciudad. Nuestro consejo es que, para hacerte una idea aproximada, alquiles una bicicleta en el puerto o en la plaza Mayor. Las dos primeras horas son gratis; después tendrás que pagar 0,60 € por cada 60 minutos. El aspecto algo elitista que se respira cerca de los canales se disipará en cuanto te adentres en el casco antiguo de la villa. Está lleno de soportales –¡tres kilómetros!–donde los antiguos comerciantes compraban y vendían mercancías.

Hoy se instalan en ellos multitud de tiendas que les proporcionan mucha vida y animación. El centro histórico es medieval cien por cien, con calles peatonales y casas adornadas con gárgolas. En La Rochelle hay que mirar siempre hacia arriba: puedes encontrarte en las torres y fachadas cañones, dragones y armas sobresaliendo en la pared. Entre los monumentos principales destacan la sobria Catedral de San Luis y el Hôtel de Ville, el Ayuntamiento, rodeado por una muralla del siglo XV.

Cómo llegar a la Rochelle

Si no tienes coche, la mejor opción el trenhotel Elipsos que llega a Poitiers (desde 110 € ). Luego puedes coger un tren hasta La Rochelle (unos 14,50 €) y aquí iniciar tu ruta que puede concluir en Brest, desde donde puedes coger otro tren a París (desde 42,10 € ) y aquí enlazar de nuevo con el tren-hotel. Para reservas desde España te recomendamos Rail Europe, que permite organizar rutas por toda Europa de forma práctica (www.tgv.com. 902 101 091; en español).

Dos portadas de estilo gótico-flamígero de la muralla dan acceso a un patio principal donde, en ocasiones, se instalan mercadillos. También hay un mercado al aire libre muy popular en La Rochelle, al que acuden cada miércoles y sábados los habitantes de la ciudad. Aquí encontrarás riquísimas ostras, marisco, queso de cabra, frutas, flores… y botellas de pineau, una mezcla de aguardiente de coñac con zumo fresco de uva (una botella, 15 € ), muy típico en esta zona. La Rochelle es una ciudad con mucho encanto para perderse entre sus callecitas, practicar kayac en su canal de agua dulce y salada o visitar alguno de sus museos. Nuestro favorito, por original, es el museo Marítimo (05 46 28 03 00. Horario: de 10 a 18.30 h. Entrada: 7,60 € ). Está compuesto por dos buques atracados en el puerto, uno de pesca industrial (el Angoumois) y otro meteorológico (el France I), con un bar-restaurante en su interior que funciona desde las 11 h hasta las 14 h entre abril y septiembre. Paseando por sus cabinas, camarotes y salas te sentirás como un auténtico lobo de mar.

Un BARCO COMO LOS DE ANTES

Si ya te ha picado el gusanillo marinero, la sugerencia es que cojas el coche y empieces a desplegar el mapa. Tu primera parada será Rochefort. Sus astilleros, a orillas del río Charente , fueron, hasta el siglo XIX, unos de los más grandes e importantes de Francia. En sus instalaciones, un gran carenero acoge el Chantier de Reconstrucción de l’Hermione (Place Amiral Dupont. 05 46 82 07 07), una fragata de 45 metros que está siendo reconstruida según las técnicas empleadas en 1779 y a imagen y semejanza de la que utilizó La Fayette ese mismo año cuando puso rumbo a América para apoyar a los independentistas. Sólo podrás ver el esqueleto de madera, pero te gustará (entrada: 2 € ).

Interesante también es la Cordelería Real (05 46 87 01 90. Entrada: 2 € ), en el mismo recinto (horario: de 9 h a 19 h), que cuenta en su interior con un museo naval. Visitar los astilleros te puede llevar fácil una mañana completa, así que aprovecha y apúntate al menú(7,95 € ) que sirven en el Café des Longitudes (frente a laCordelería). Este es un local muy acogedor donde puedes degustar platos de pescado, marisco, pato…

Si sigues la carretera A-83 te adentrarás enseguida en la región de Bretaña y llegarás al siguiente destino, Saint-Nazarie

Del resto de Rochefort nos quedamos con su puente transbordador (puedes cruzarlo, de 9 a 12.30 h y de 14 a 19 h),construido en hierro, y la curiosísima Casa-Museo de Pierre Lotti (141, rue Pierre Loti. 05 46 99 16 88. Entrada: 7,90 € ), un extravagante escritor y viajero.

 SAINT NAZARIE

Si sigues la carretera A-83 te adentrarás enseguida en la región de Bretaña y llegarás a nuestro siguiente destino, Saint-Nazarie , localidad donde se han construido tres de los mayores transatlánticos que existen en la actualidad, entre ellos el famoso Queen Mary II. La ciudad está distribuida sobre las dos orillas del estuario del Loira, y fue un puerto muy activo antes de la Segunda Guerra Mundial, pero, tras la ocupación alemana, fue destruida casi en su totalidad. Vale la pena llegar hasta aquí sólo por ver un museo único en el mundo, construido en el mismo lugar donde los alemanes tenían su base marítima. “Bienvenidos a bordo”, dice un supuesto capitán nada más cruzar la puerta del Escal’Atlantic (Ville Port. 08 10 88 84 44. Entrada: 12€. Horario: de 10 a 12.30 h y de 14 a 18 h). Enseguida perderás la noción del tiempo y del espacio.

El museo recrea con todo lujo de detalles el interior de un barco de pasajeros del estilo del Titanic. Podrás pasearte por la sala de máquinas, curiosear en el camarote de Julio Verne, tomar una copa en el bar, descansar en cubierta e incluso ser protagonista de un rescate en alta mar. ¡Una pasada! Por 22 €. Puedes comprar un Pass Port que te permite el acceso al museo, a los astilleros, a la fábrica de los aviones Airbus y al submarino Espadon, construido en 1957 para navegar bajo los hielos del Antártico.

Pero Sant Nazaire no sólo entiende de barcos; en su costa encontrarás un montón de agradables y relajantes playas. En sus alrededores hay 12 kilómetros de litoral. A nosotros nos gusta el arenal de Villes Martín, a la que puedes acercarte a tomar el sol antes empezar a conocer Concarneau, donde podrás probar los mejores crêpes del mundo.

Sigue el camino de la sardina y degusta paté

En el puerto de Concarneau, la empresa Gouelia alquila barcos por día (39 € por persona) o para ir a las islas de Glénan (260 € ), haciendo noche en la embarcación. Los barcos son réplicas de veleros del siglo XIX. Si prefieres tierra firme acércate a la vecina Quimper, a orillas del río Odet. Es una ciudad con un centro histórico como sacado de un cuento. En su plaza principal se alza la catedral de St. Corentin, uno de los primeros templos góticos de Bretaña.

Pueblos pesqueros y paisajes de leyenda

Desde Quimper resulta muy fácil acceder a Douarnenez, la capital bretona de la pesca y las conservas. Aquí puedes hacer de todo: bañarte en la playa de Re, disfrutar de su puerto, pasear entre sus callejas o recorrer el llamado Le Chemin de la Sardine, siguiendo los 17 paneles distribuidos por la ciudad que explican la historia de esta localidad cuando en ella se pescaban sardinas.

En un antiguo edificio conservero del siglo XIX, en Port Rhu, se ha instalado el Musée du Bateau (Place de l’enfer. 02 98 92 65 20. Entrada: 6,20 € ), donde se pueden admirar más de 200 barcos de pesca, transporte y deporte procedentes de toda Europa. Si las sardinas propiciaron el auge de esta localidad, el lino fue el que permitió el desarrollo de la cercana y encantadora Locronan, en la que creerás estar viviendo en plena época medieval. Todo está tan cuidado que parece que no es real. Siéntate en alguna de las terrazas de la Grand Place y con una breitzh cola (el refresco de la Bretaña) en la mano admira laiglesia de Saint Ronan y la chapell du Penity, ambas del siglo XV. En Locronan hay muchas tiendecitas con productoslocales, sobre todo deliciosas conservas de pescado y patés.

Para concluir esta ruta tienes dos opciones: visitar Brest, con su castillo y su oceanópolis –centro de cultura científica. Entrada, 15 – o la Pointe St. Mathieu, considerado el finisterre francés. Nosotros nos decantamos por la segunda opción. Es un lugar mágico y misterioso cuando la bruma cubre el faro y los restos de la vieja abadía se ven en lo alto del acantilado. Un escenario de leyenda.

http://www.poitou-charentesvacances.com.

www.vacacionesbretana.com

Sueños marineros

Ty Mad es un hotel encantador con habitaciones decoradas con mucho gusto por sus propietarios, que dan a los huéspedes un trato muy familiar.

Para dormir en La Rochelle rodeado del mejor ambiente marinero te proponemos Le Yatchman (23, quai Valin. 05 46 41 20 68), muy bien situado, junto al puerto (desde 100 € ).

Siguiendo el mismo estilo, te sorprenderá el Hotel Kermoor (Plage des Sables Blancs. 02 98 97 02 96), en Concarneau, con elementos náuticos (brújulas, mapas, ojos de pez…) en cada rincón (hab. doble: desde 85 € ).

En Douarnenez, el Ty Mad (Page Saint-Jean. 02 98 74 00 53) es un hotel encantador con habitaciones decoradas con mucho gusto por sus propietarios, que dan a los huéspedes un trato muy familiar.

Como final de viaje, te recomendamos la Hostellerie de la Pointe Saint-Mathieu (Plogounvelin. 02 98 89 00 19), con vistas espectaculares (desde 56 € ), donde además podrás cenar una estupenda langosta (menús, 25 y 60 € ).

Pequeños placeres

En La Rochelle reserva mesa en el restaurante André (place de la Châine. 05 46 41 28 24) y pide el surtido de marisco, donde no faltan sus riquísimas ostras (desde 36 € ).

En Saint Nazaire, Le Skipper (1 bd. René Coty. 02 40 22 20 03) ofrece la mejor gastronomía local acompañada de vinos de la tierra, como el Muscadet.

En Concarneau entra en Le Petit Chaperon Rouge (7, place Duguesclin. 02 98 60 53 32) y pídete una crêpe bretona (con salchicha, huevo y queso). Desde 15 € . También son muy ricas las crêpes de Ar Billin Tomm( 02 98 91 70 23), en Locronan. En Quimper, en el Café du Finistère (place Saint Corentin. 02 98 95 01 48) decántate por un surtido bretón con embutidos, ensaladas y patés o por los típicos mejillones a la marinera (desde 22 € ).

¡A todo trapo, marinero!

Te gustaría navegar en una auténtica goleta? La Recouvrance es una réplica de una embarcación de la época de Napoleón que realiza rutas de un día (unos 76 € por persona) o cruceros por el noroeste de Europa. Disfrutarás de lo lindo ayudando a la tripulación en sus faenas. Eso sí, tienes que hacer tu reserva con mucho tiempo de antelación (www.larecouvrance.com. 02 98 33 95 40).

El puerto de embarque es el de Brest. Si te quedas sin plaza, puedes recurrir a la Asociation An Test (www.multimania.com/antest) 02 98 20 06 58), que restaura barcos pesqueros de vela en los que podrás navegar desde 45 € por persona. ¡Una auténtica gozada!

 
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